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SIN ETIQUETAS

Seré sincero. A mí, básicamente, lo que más me gusta es escribir. Y leer, claro, que es escribir también, ya que el lector, al leer, reescribe lo que lee, le da su propia forma, su propia armonía, su propio ritmo y lo interpreta a su manera, a partir de lo que piensa, siente, ha vivido o desea vivir.

Ser escritor, en realidad, no te convierte en nada del otro mundo. Es verdad que si lo quieres convertir en tu profesión, que es mi caso, hace falta cierta dosis de serenidad, paciencia, y en ocasiones huevos u ovarios suficientes, ya que estás realmente solo, y te enfrentas a ti mismo (muchas veces a lo peor de ti mismo), y hay un elevado riesgo de pasar hambre, frío, incomodidades, incomprensión, dificultades varias. Pero es mi elección. No me quejo. La elección de vivir de lo que más te gusta hacer, sea lo que sea, suele llevar acarreado el tener que vencerse a uno mismo, a miedos muy profundos, a autolimitaciones, y no hacer caso a lo que gente muy cercana te aconseja. Hay que ser realmente valiente para hacerlo.  O ser un loco. O ser un soñador. O ser un valiente que ha enloquecido por soñar demasiado.

Y sí, aunque suene a tópico, escribo para mí. Escribir me hace sentir bien. Al igual que meditar, tomar ayahuasca, fumar santa maría, rezar, cantar, estar con mi hija o con amigos que lo son de verdad, es lo que más me acerca a lo que soy, a mí mismo, a ser yo mismo, a mi esencia, a mi máximo potencial. Es verdad que a veces me flipo, y entonces creo que lo que escribo puede, además, servirle a alguien, lo cual estaría bien. Pero cuando veo que el flipe me saca de mi sitio para llevarme a alturas dominadas por el ego, desecho este pensamiento ilusorio para volver a escribir.

Se escribe de muchas maneras: caminando, meditando, soñando, comiendo, hablando con alguien, escuchando, observando. Viviendo. Pero luego es fundamental sentarse solo, con regularidad, y escribir, y aquí es donde radica la mayor dificultad, pero también es lo que más placer produce. Lo que me gusta de escribir es escribir, no todo aquello que lo envuelve. Lo que no me gusta tanto es tener que interpretar un personaje etiquetado como escritor. Las etiquetas me dan repelús y en cuanto me veo comprimido por ellas sé que es hora de tirar el disfraz a la basura y reinventarme. Aunque eso signifique partir de cero, y recomenzarlo todo. Fui Kike Karallo, Kike Karakartón, Kike el titiritero, Kike el jevi, Kike el punki, Kike el Kráneo, Kike el Anarka, Kikot el bufón, simplemente Kike… y ahora soy Enrique Tallo, que es el nombre que me pusieron mis padres, y que hoy en día acepto porque he comprendido que lo hicieron con amor y eso es lo mejor que hay en la vida.

 

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